Nov 17, 2017

SAN GIUSEPPE♥




Oración de Santa María de Jesús de Agreda.

Oración en que el alma magnifica al Señor y le ofrece sus obras pidiéndole su auxílio divino.
Tomado del Libro: Leyes de la esposa.
Escrito por Santa María de Jesús de Agreda.


Cuerpo Incorrupto de Santa María de Jesús de Agreda.



 Causa de todas las causas, Dios inmortal de las alturas, Rey de los reyes y Señor de los señores, el que solo ha de ser justificado por su mismo ser y naturaleza y permanecerá para siempre como rey invicto, criador de toda criatura, merecedor de toda reverencia, alabanza y gloria eterna; yo, polvo y ceniza, puesta ante Vuestra Real Majestad, os ofrezco sacrificio de magnificencia y todas las obras que hiciere este día y las que obrare en este destierro de mi patria mientras la vida me durare, con intención recta y protestando que deseo sean según vuestra voluntad y mayor agrado, y justificadas en vuestro tribunal, y tales que no las reprobéis. Y, si por castigo de mis delitos y de mis pocos merecimientos, o por mi fragilidad y malas inclinaciones y hábitos viciosos, o por la malicia de la conversación humana, o desorden de mis pasiones, o a instancia de los tres enemigos, demonio, mundo y carne, se adulterare esta mi intención manchándose mis obras; o si a mi pensamiento ocurriere cualquiera persuasión torcida, o se me ofreciere algún respeto humano para desfrutar y desvanecer mis obras, digo, Señor y Dios mío, que lo anatematizo, detesto y arrojo con fuerza de vuestro brazo poderoso, el cual me ha de confortar para salir victoriosa de mis enemigos; y a Vos, altísimo rey mío, ofrezco y dedico mis obras, palabras y pensamientos y todo lo que hiciere, enderezándolo a Vos solo, Dueño mío, y a que se cumpla lo que más gustáis y queráis de mí. Mi intención es, en todas mis acciones grandes y pequeñas, en todas las horas del día e instantes que respirare, por todas las criaturas racionales e irracionales y por mí misma daros incesantemente magnificencia, superioridad, honor, reverencia, bendición, alabanza, grandeza, gusto, agrado, beneplácito y confesión de un solo Dios, fuerte, inmortal, poderoso, santo, justo, sabio y enmendador de los más sabios, a quien quisiera no haber ofendido, por quien haber hecho todas las obras buenas y perfectas que se han obrado; daros, altísimo Señor mío, si fuera posible, el amor, alabanza y beneplácito que, con voluntad recíproca, os dais, Trinidad sempiterna, a quien adoro y doy, con deseo de darlas yo, las alabanzas que dio la segunda Persona humanada, que es el Hijo, y las que dio la Madre de piedad y Virgen pura; obrar la perfección y virtudes grandiosas de los apóstoles, la confesión y martirio de los mártires, la pureza de alma de los cándidos confesores, la castidad de las vírgenes, las penitencias de los santos ermitaños, la constancia y encendida caridad de la angélica naturaleza y todo el padecer de la humana; quisiera, por vuestro amor, que, a costa de muchos trabajos míos, se salvasen todas las almas, redimir los cautivos, consolar los tristes, padecer por los atribulados y, porque todos, Dueño mío, os conociesen, alabasen y sirviesen quisiera morir; pues sois el objeto más noble y superior que puede haber para las voluntades de todos los nacidos. Y porque toda dádiva y perfecto don ha de venir de Vos, Padre de las lumbres543, os suplico tengáis por bien de regir, gobernar, santificar, alumbrar mi alma, mi corazón, potencias y sentidos, mis acciones en vuestra ley y en las obras de vuestros mandamientos544, para que por vuestra bondad y misericordia grande me tengáis fuerte para que no caiga en ningún pecado y alcance la gracia final. Y por conseguir esta dicha, ofrezco los infinitos merecimientos de mi Redentor, las obras perfectísimas de su Madre Santísima, las de los Angeles y Santos, y todas mis pobres obras, cuanto mereciere, trabajare y obrare por alcanzar mi salvación. Y si, después de haber conseguido vuestra amistad, queréis, Amado mío, para disponer de ello, mis obras y merecimientos, aunque tan limitados, disponed de ellos, que vuestra soy. Y porque aplicar las obras y ponerles altos fines es loable, yo pongo todos los que tuvo en lo que obró, mi Redentor y Señor, la Reina del cielo y todos los Santos. En cuanto a la impetración de mis obras, todo lo que Vuestra Alteza quiere y desea que se haga en todo lo criado, eso pido; y que seais, Señor, de todas las criaturas, sin quedar una, conocido, servido y amado; por la exaltación de vuestro nombre; y que en todo halléis complacencia y beneplácito; porque la redención, pues fue suficiente, sea eficaz por todos y para todos; porque la Virgen María, mi Señora, sea conocida en todas las naciones y amada de todas las criaturas, y su limpia concepción definida por fe545; porque yo la sirva y ame, y acierte acabar de escribir su vida; por la exaltación de la Iglesia y fe santa, por la paz y concordia entre los príncipes cristianos y extirpación de las herejías; porque todos se salven y por todos mis encomendados, particularmente los padres espiritules; por el descanso eterno de los naturales y salvación de los hermanos y deudos, y por la religión, observancia, perseverancia hasta el fin de este convento; porque se salven las religiosas que son y serán en él. La satisfacción, Señor, bien deseo dárosla, por hacerme objeto más agradable a vuestros ojos y, si alguna cosa me sobrare de la multitud de mis culpas, sea por el descanso de mis padres eterno; y, si ellos no lo han menester, por los difuntos que tuviere más obligación; a que lo fuere aplicando, que sea más de vuestro agrado; y por las almas del purgatorio que estén más cerca de salir, para que por mí os alaben. En el merecimiento no dispongo, porque todo lo que es mío es vuestro y, si es posible tener gloria como el que menos porque alguno más se salve, hacedlo, Señor mío. 

 543 Jacob. I 17.
544 Ofic.. div. ad Prim.
545 Escribía esto la M. Agreda en 1641. 

The Happiness of Heaven — by Saint Alphonsus de Liguori.


The Happiness of Heaven


Taken from the book "Preparation for Death" by St. Alphonsus de Liguori, Bishop and Doctor of the Church





In this life, the greatest pain which afflicts souls that are in desolation and love God, arises from the fear of not loving Him, and of not being loved by Him. "Man knoweth not whether he be worthy of love or hatred." (Eccles. 9: 1). But in Heaven the soul is certain that it loves God, and that He embraces it as a beloved child and that this love will not be dissolved for all eternity. These blessed flames will be augmented by the increased knowledge which the soul will then have of the greatness of the love of God, in becoming man and dying for us; of His love in instituting the Most Holy Sacrament, in which a God becomes the food of a worm. Then also will the soul clearly see all the graces which God has bestowed upon it in delivering it from so many temptations and so many dangers of perdition; it will then understand that the tribulations, infirmities, persecutions, and losses, which it called misfortunes and divine chastisements, were all love, all means intended by divine Providence to conduct it to Heaven. It will see particularly the patience of God in bearing with it after so many sins, and the mercies He had shown it in giving it so many lights and invitations to His love. From that blessed mountain it will behold so many souls in Hell, condemned for fewer sins than it had committed and will see that it is saved, that it is in the possession of God, and secure against all danger of ever losing that Sovereign Good for all eternity. 


When the soul has once entered into the happy kingdom of God, “there will be nothing to molest it. God shall wipe away all tears from their eyes; and death shall be no more, not mourning, nor crying, nor sorrow shall be any more; for the former things are passed away. And He that sat on the throne said: Behold I make all things new” (Apoc. 21:4). In Heaven there is no infirmity, no poverty, no distress; there are no longer the vicissitudes of days and nights, nor of cold and heat; but a perpetual day always serene, an eternal spring always delightful. There are no persecutions; no envy. In that kingdom of love, all love one another tenderly; and each rejoices in the good of the other as if it were his own. There are no fears; because the soul, being confirmed in grace, can no longer sin nor lose her God. “Behold I make all things new.” Everything is new; everything gives consolation and content. The sight will be filled with delight in beholding this city of perfect beauty. How delightful the view of a city in which the streets are of crystal, the palaces of silver, the ceilings of gold, and all adorned with festoons of flowers! Oh! how much more beautiful the city of paradise! how splendid the appearance of these citizens, who are all clothed in royal robes; for, as St. Augustine says, they are all kings. How delightful must it be to behold Mary, who will appear more beautiful than all paradise! But what must it be to see the Lamb of God, the Heavenly Spouse, Jesus! St. Theresa had one transient glimpse of one of the hands of Jesus Christ, and was struck senseless by its beauty. The smell will be regaled with odors but with the odors of paradise. The ear will be delighted with celestial harmony. St. Francis once heard from an angel a single stroke on a violin, and almost died through joy. What then must it be to hear the whole choir of saints and angels chanting the glories of God! ”They shall praise Thee forever and ever” (Ps. 83:5). What must it be to hear Mary praising God! St. Francis de Sales says that, as the singing of the nightingale surpasses that of all of the other birds, so the voice of Mary is far superior to that of all the other saints. In a word, in Heaven are found all the delights which can be desired.



When, therefore, the crosses of this life afflict us, let us animate ourselves with the hope of Heaven to bear them patiently. St. Mary of Egypt, being asked at the end of her life by the Abbot Zozimus, how she had been able to live for so many years in such a desert, replied: “With the hope of Heaven.” When the dignity of Cardinal was offered to St. Philip Neri, he threw up the cap in the air, exclaiming, “Paradise! Paradise!” At the mention of paradise, Brother Giles, of the Order of St. Francis, was raised up from the ground through joy. Let us likewise, when we are afflicted by the miseries of this life, raise up our eyes to Heaven, and console ourselves, saying with a sigh, “Heaven! Heaven!” Let us reflect that if we be faithful to God, all these sorrows, miseries, and fears will one day have an end, and we shall be admitted into that blessed country, where we shall enjoy complete happiness as long as God will be God. Behold, the saints are expecting us, Mary is expecting us, and Jesus stands with a crown in His hand, to make us kings in that eternal kingdom. Prayer to St. Joseph For a Good Life and a Happy Death O Glorious St. Joseph, spouse of the Immaculate Virgin, obtain for me a pure, humble and charitable mind and perfect resignation to the Divine Will. Be my guide, father, and model through life, that I may merit to die as thou didst die, in the arms of Jesus and Mary. Amen.